
Hablar de vino es, inevitablemente, hablar de origen.
Aunque no de cualquier origen: de ese lugar único donde la naturaleza y la mano del hombre se encuentran para dar vida a algo irrepetible.
A eso lo llamamos terroir.
Durante mucho tiempo se lo asoció únicamente al suelo. Sin embargo, hoy sabemos que el terroir es mucho más complejo: es la interacción entre clima, suelo, variedad de uva y decisiones humanas, lo que finalmente define la identidad de un vino
Un equilibrio dinámico
El clima es uno de los factores claves ya que si un año hay mucha lluvia, los enólogos tienen que apurarse a cosechar porque la uva podría quedar «lavada.» Influye también si próxima hay una masa de agua o si existen bosques que determinan que las vides reciban menos viento, todo marca un algo, en el caracter del vino.
El clima y el microclima influyen mucho en un viñedo, la humedad, los vientos, los enemigos de la vid, como las heladas y el granizo, el grado de insolación, cuántas horas de sol recibe la planta.
Hay variedades que se adaptan mejor a determinadas regiones. Por ejemplo, y aunque sea redundante mencionarlo la Pinot Noir crece muy bien en las zonas altas, más frescas (Valle de Uco) y frías, como en la Patagonia. Es una cepa de clima corto y resiste muy bien el frío. Por el contrario, no crece en el Norte del país, aunque han habido pruebas, no se dan tan buenos ejemplares.
Ale Vigil dice: «cada uva es una acertijo» (Dante Rofi. Un trabajador de la Viña-La Nación. 21 de enero 2017).
Y cada variedad se da de un modo especial en los diversos terroirs. Por eso se habla de la Malbec de Maipú, la Syrah y Viognier de la provincia de San Juan. Tannat salteño, Merlot, Pinot Noir de la Patagonia.





