Marselan, la uva tinta que conjuga lo mejor de los dos mundos


La Marselan es una variedad de uva relativamente nueva que ha comenzado a ganar reconocimiento en el mundo vitivinícola. Surgida en Francia en 1961, esta uva es el resultado de un cruce entre dos variedades clásicas: Cabernet Sauvignon y Grenache. Creada originalmente por el ampelógrafo francés Paul Truel, Marselan nació con el objetivo de combinar las cualidades de ambas variedades y obtener una uva resistente y de gran expresión aromática.


Características de la Marselan

Esta uva presenta granos pequeños y racimos compactos, lo que le permite concentrar sabores intensos y equilibrados. Suele ofrecer aromas afrutados y especiados, con notas que recuerdan a frutos negros como las moras y los arándanos, y también a la cereza. Su perfil aromático es complejo, destacando además algunos toques florales y de hierbas mediterráneas, características que la convierten en una opción versátil y distintiva.

En boca, los vinos elaborados con Marselan son sedosos, con taninos suaves y redondos, resultado de su combinación con la estructura de la Cabernet Sauvignon y el carácter amable de la Garnacha. Esto hace que los vinos Marselan se sientan elegantes y agradables al paladar, manteniendo buena acidez y una excelente capacidad de guarda.


Adaptabilidad y producción

Marselan es una variedad que ha demostrado adaptarse bien a climas cálidos y secos, por lo que su cultivo se ha extendido a diversas regiones fuera de Francia, incluyendo España, Brasil, Argentina y Estados Unidos. En Argentina, por ejemplo, se está experimentando con esta uva en áreas como Mendoza, donde sus condiciones de crecimiento la han convertido en una alternativa interesante para enólogos y productores. También en Entre Ríos y Santiago del Estero.


Maridajes Ideales

Los vinos de Marselan son ideales para acompañar carnes rojas, asados, platos de caza y quesos curados, aunque también resultan interesantes con platos mediterráneos que incluyan hierbas aromáticas y especias. carnes asadas o vegetales a la provenzal. También, con cerdo o chorizo y o con quesos fuertes de aromas intensos.


Un futuro prometedor

Con su mezcla única de genética y carácter, la uva Marselan ha demostrado ser una excelente candidata para aquellos que buscan nuevas experiencias en el mundo del vino. Su historia como cruce experimental y su capacidad para acomodarse a distintos terroirs la perfilan como una variedad llena de sorpresas por descubrir.

¡Esperamos te haya gustado la entrada y si probaste un vino de esta uva, nos escribas en los comentarios!

La Tannat, una variedad de uva con mucho carácter

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Hoy se celebra el día de la cepa Tannat en honor al nacimiento de Pascual Harriague, un emprendedor vasco que introdujo esta variedad en la región del Río de la Plata.

A partir de allí, el Tannat se transformó en la cepa emblema de Uruguay, donde encontró su expresión más identitaria. En Argentina también logró una excelente adaptación, especialmente en el Noroeste, Entre Ríos, Mendoza y San Juan.
Hoy, esta variedad sigue ganando adeptos y sumando nuevas etiquetas que exploran distintas formas de interpretarla, desde estilos más tradicionales hasta versiones más modernas y elegantes.

El Tannat es una de esas cepas que no pasan desapercibidas. Intensa, profunda y con una personalidad marcada, se ha ganado un lugar especial en el mapa vitivinícola mundial, especialmente en el Río de la Plata.
Originaria del sudoeste de Francia, más precisamente de la región de Madiran, esta uva tinta debe su nombre a la palabra “tannat”, asociada a la alta presencia de taninos que la caracterizan. Son precisamente esos taninos firmes, a veces desafiantes, los que le otorgan estructura, longevidad y una identidad inconfundible.

Sus racimos suelen ser compactos y de piel gruesa, con bayas pequeñas y de color oscuro intenso. Esa piel resistente concentra gran parte de su personalidad: vinos de color profundo, con gran cuerpo y capacidad de guarda.

Un viaje que cruzó el Atlántico


El Tannat llegó a Sudamérica en el siglo XIX de la mano de inmigrantes europeos, entre ellos el vasco Pascual Harriague, quien lo introdujo en Uruguay desde Entre Ríos. Allí encontró un terroir ideal para desarrollarse y, con el tiempo, se convirtió en la uva emblemática del país, al punto de ser considerada su variedad nacional.

En Uruguay encontró un lugar donde crecer y un territorio donde redefinirse y construir identidad. A lo largo del tiempo, esta variedad dejó de ser percibida como una cepa de carácter rústico para transformarse en un vino de equilibrio, donde la estructura y la potencia conviven con una textura más amable y una frescura que lo vuelve profundamente gastronómico. Hoy, lejos de existir un único estilo, el Tannat uruguayo se expresa en múltiples versiones: desde vinos jóvenes y frutados hasta ejemplares más complejos con crianza, e incluso espumosos o rosados que muestran una faceta más versátil y contemporánea.
Esta evolución es el resultado del trabajo de generaciones de productores que supieron interpretar su potencial y adaptarlo a distintos terroirs. Además, su uso en cortes con variedades como Merlot o Cabernet Sauvignon amplía aún más su perfil, aportando complejidad sin perder su esencia. En este camino, el Tannat trascendió su origen para convertirse en un verdadero emblema nacional, posicionando a Uruguay en el mapa vitivinícola mundial

En Argentina, su adaptación también fue notable, especialmente en el Noroeste —Salta y el Valle Calchaquíe— además de zonas de Mendoza, San Juan y Entre Ríos. En cada región expresa matices distintos, siempre manteniendo su esencia robusta y estructurada.


Donde el Tannat se siente como en su casa

En Uruguay, el Tannat encontró su lugar en el mundo. En boca, logra un equilibrio interesante entre estructura y elegancia, alejándose de la rusticidad para volverse más versátil. Esta adaptación ha sido tan exitosa que el Tannat se consolidó como la cepa emblemática del país, incluso superando en superficie plantada a su región de origen AOC Madiran, y convirtiéndose en un símbolo de la vitivinicultura uruguaya, especialmente asociado a su cocina tradicional, donde acompaña de manera natural carnes asadas y platos de buena intensidad.

En Argentina, los Valles Calchaquíes representan una de las zonas más destacadas para esta cepa. En estas alturas, el Tannat suele expresarse en varietales con gran intensidad aromática, donde predominan las frutas rojas y negras —como ciruela y frambuesa— junto a taninos más redondos y maduros.

Como señala Marcos Etchart, en Salta esta variedad alcanza una madurez óptima, dando lugar a vinos profundos, concentrados y de gran carácter.

En Mendoza, en cambio, el Tannat suele utilizarse en cortes, donde aporta estructura y carácter, combinándose frecuentemente con Malbec para lograr vinos más complejos y equilibrados..


Un compañero ideal de la mesa


Además de las carnes rojas y los guisos, el Tannat encuentra grandes aliados en preparaciones intensas y sabrosas.
Se luce con cortes con buena presencia de grasa como el asado, el vacío o el ojo de bife, así como con cordero al horno o braseado, ossobuco y bondiola de cerdo. También acompaña muy bien carnes de caza como el jabalí y el ciervo
Los platos de la cocina argentina, como el locro o la carbonada.
En el mundo de los quesos, los de pasta dura o semidura y con cierta maduración resultan excelentes compañeros. La clave del maridaje radica en la presencia de proteína, grasa y cocciones intensas, elementos que ayudan a suavizar sus taninos y a lograr una experiencia más armónica en boca.

¿Ya probaste un Tannat? ¿En qué ocasión lo elegirías?

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La uva Riesling y sus características

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La Riesling es una de las variedades de uva blanca más apreciadas en el mundo, reconocida por su intensa expresividad aromática, su gran capacidad de envejecimiento y su versatilidad en la elaboración de vinos secos, semidulces y dulces.
Es originaria de Alemania, esta cepa ha conquistado paladares en distintas regiones vitivinícolas, adaptándose a diversos terroirs y ofreciendo perfiles de sabor únicos.


Historia y Origen

El primer registro documentado del Riesling data de 1435 en la región alemana de Rheingau. Desde entonces, ha sido la variedad insignia de Alemania, particularmente en el valle del Rin y el Mosela, donde encuentra condiciones ideales para su desarrollo. Con el tiempo, la cepa se expandió a otros países europeos como Francia (Alsacia) y Austria, y posteriormente a regiones del Nuevo Mundo como Australia (Clare y Eden Valley), Estados Unidos (Finger Lakes, Washington) y Chile.

El especialista en vinos Matías Chiesa, IWSC International Wine and Spirit Competition y fundador de la Riesling Wine Company, suele destacar la importancia histórica de esta variedad y su extraordinaria versatilidad, capaz de dar origen a algunos de los vinos blancos más expresivos y longevos del mundo.


Características de la uva y el vino

El Riesling se distingue por su alta acidez natural y su intenso perfil aromático, con notas predominantes de frutas como manzana verde, durazno, pera y cítricos, además de toques florales y minerales. Con el tiempo, desarrolla matices de petróleo o querosen, una característica distintiva en los ejemplares de gran calidad y evolución.

Dependiendo de la región y el método de vinificación, el Riesling puede ser desde seco (Trocken en alemán) hasta extremadamente dulce (Trockenbeerenauslese), lo que lo convierte en una de las pocas variedades capaces de producir vinos en un espectro tan amplio de estilos.

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Syrah: historia, origen y la leyenda detrás de una uva emblemática

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La Syrah, también conocida como Shiraz en algunos países, es una de las uvas más fascinantes y reconocidas del mundo del vino. Su historia está rodeada de misterio y relatos populares que han contribuido a su encanto.
Una de las leyendas más difundidas sostiene que esta uva habría sido utilizada en la Última Cena, aunque no existe evidencia histórica que lo respalde. Lo que sí se sabe es que en la región de Judea hace más de dos mil años se cultivaban otras variedades locales, mientras que la Syrah como tal se consolidó mucho después.

Los estudios genéticos modernos han determinado que la Syrah es fruto del cruce entre dos antiguas uvas francesas: la Dureza y la Mondeuse Blanche.
Con el tiempo, esta cepa se expandió por el mundo, adaptándose a climas cálidos y fríos, y adoptando en países como Australia el nombre de Shiraz. Este recorrido global convirtió a la Syrah en un símbolo de elegancia y potencia, capaz de crear vinos que despiertan pasiones y que se reconocen instantáneamente por su carácter distintivo.

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Uvas Criollas: identidad, historia y el renacer de una herencia

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Pensar que durante años las uvas criollas fueron vistas como simples variedades de volumen, sin el prestigio de las cepas europeas. Sin embargo, en los últimos tiempos, algo cambió.
Enólogos curiosos, productores apasionados y consumidores atentos comenzaron a redescubrirlas. Hoy vuelven a ocupar un lugar que nunca deberían haber perdido: el de las verdaderas pioneras del vino argentino.


¿Qué son las uvas criollas?


Se llama “uvas criollas” a aquellas variedades nacidas en suelo americano a partir de las primeras vides traídas por los colonizadores españoles en el siglo XVI. Estas plantas, adaptadas al clima y a la geografía del continente, dieron origen a nuevas cepas a través de cruces naturales. Son, en cierto modo, hijas del mestizaje: descendientes de uvas europeas que encontraron aquí su propio carácter y personalidad.

Por eso, aunque su origen remoto se remonte al Viejo Mundo, las Criollas son parte del patrimonio vitivinícola más auténtico de Sudamérica. Representan siglos de trabajo, de adaptación y de cultura rural.


Un poco de historia

Las primeras vides llegaron al territorio argentino con los misioneros, que necesitaban vino para las celebraciones religiosas. Rápidamente se extendieron por las zonas más fértiles, desde Cuyo hasta el Noroeste. Durante más de tres siglos, las Criollas dominaron el paisaje vitivinícola argentino. Sus racimos eran abundantes, resistentes al clima y fáciles de cultivar.

Sin embargo, a mediados del siglo XX, la vitivinicultura argentina tomó otro rumbo. Se priorizó el rendimiento por sobre la identidad, y las uvas criollas quedaron relegadas frente al avance de cepas internacionales como Malbec, Cabernet Sauvignon o Chardonnay. Muchas de ellas fueron arrancadas o destinadas a vinos de mesa. Durante décadas, su nombre estuvo asociado a lo simple y masivo.

Hasta los albores del siglo XX, las uvas solían plantarse mezcladas, en viejos parrales donde convivían distintas variedades. Las criollas son consideradas autóctonas porque nacieron en nuestro suelo, a partir de la adaptación de cepas traídas por los colonizadores. Su origen genético remite a la Moscatel de Alejandría, introducida en América por los jesuitas. Con el tiempo, se expandieron por Argentina, Chile, Perú y Bolivia, dando lugar a una familia de uvas con identidad propia.

Las dos cepas fundacionales de la viticultura en Latinoamérica son Listán Prieto y Moscatel de Alejandría. Estos dos pilares varietales sostuvieron los primeros desarrollos de la vid en el continente y fueron fundamentales en la construcción de los bases del sector vitivinícola sudamericano. A medida que la viticultura iba creciendo desde México hacia el norte de los Estados Unidos, también lo hacía hacia el sur, llegando a Perú, Chile, Bolivia y Argentina, donde estas uvas marcaron el comienzo de una tradición vitivinícola que perdura hasta hoy. Su presencia histórica no solo dio origen a las regiones productoras, sino que también formó parte de la identidad vitícola que define gran parte de la América Latina actual.

Durante años tuvieron mala fama: se las consideraba uvas de bajo valor enológico. Sin embargo, como bien dice el reconocido enólogo Ángel Mendoza, “no hay uvas malas, hay vinos malos”. Y esa frase resume a la perfección el cambio de mirada que hoy las vuelve a poner en valor.


El rescate de una identidad


Afortunadamente, las tendencias cambian. Hoy el mundo del vino valora cada vez más la autenticidad, la historia y la conexión con el origen. En ese contexto, las criollas resurgieron como símbolo de diversidad y orgullo local.

Investigadores del Instituto Nacional de Vitivinicultura y enólogos de distintas provincias comenzaron a estudiar su genética y a rescatar antiguos parrales. Con el tiempo, aparecieron etiquetas que sorprendieron por su frescura, ligereza y expresión frutal. Las criollas dejaron de ser un recuerdo para transformarse en una alternativa moderna y seductora.

Principales variedades Criollas

Entre las más conocidas se encuentran Criolla Chica, Criolla Grande, Pedro Giménez, Moscatel de Alejandría, Moscatel Rosado, Cereza y Mollar de América.
Cada una tiene su historia y su expresión particular:

  • Criolla Chica: uva tinta, de racimos pequeños y piel delgada, da vinos sutiles, frescos y de baja graduación alcohólica. Es la misma uva que la País de Chile, la Negra Mollar del Perú y la Misión de Estados Unidos. Hoy se la elabora con técnicas que realzan su delicadeza.
  • Criolla Grande: uva tinta, de gran extensión en los viñedos antiguos, produce vinos ligeros, con notas a frutas rojas y gran versatilidad gastronómica.
  • Criolla Blanca: uvas que se encuentran en los patios de las familias. Da vinos con perfil aromático exótico y salvaje.
  • Pedro Giménez: uva blanca, ampliamente cultivada en Mendoza, aporta vinos blancos suaves y florales, muy valorados por su simpleza honesta.
  • Cereza uva rosada, ofrece una experiencia única y distinta de los vinos tradicionales
  • Moscateles: dan vinos aromáticos, de acidez equilibrada y gran carácter regional.
  • Canela: algunos parrales datan de 1940 y 1960. Es una uva rosada intenso, de pulpa blanda, muy aromática, susceptible a la podredumbre, porque su racimo es muy apretado. Es bastante rendidora


Las criollas y el enoturismo

El renacimiento de estas variedades también abrió una nueva puerta para el turismo del vino. Hoy, quienes visitan bodegas en el Valle de Uco, San Juan o el Norte argentino pueden descubrir experiencias centradas en estas uvas: recorridos por antiguos parrales, degustaciones comparativas y charlas que muestran cómo el pasado y el presente se entrelazan en cada copa.

El visitante conecta con una herencia viva. Las criollas cuentan la historia de nuestros abuelos viticultores, de los inmigrantes que trajeron sus saberes, y de los jóvenes enólogos que hoy reinterpretan ese legado con técnicas modernas.


Un futuro con raíces

Las uvas criollas se ganaron nuevamente el respeto del mundo vitivinícola. Representan la posibilidad de mirar hacia adelante sin olvidar el pasado, de construir una identidad argentina basada en la diversidad y la autenticidad.

Cada vino elaborado con estas cepas es un recordatorio de que no todo lo valioso proviene de afuera: a veces, lo más genuino está en lo propio, en lo que crece desde hace siglos bajo nuestro sol.

El rescate de las uvas Criollas es una forma de volver a conectarnos con la historia, con la tierra y con la gente que la trabaja. Es también una invitación a conocer, probar y redescubrir el vino argentino desde una mirada más amplia, nuestra y emocional.

Si en tu próximo viaje visitás una bodega, preguntá por un vino elaborado con uvas criollas. Detrás de esa copa hay siglos de historia y una pasión que sigue viva.


¡Gracias por leernos y por acompañar cada historia con tu visita!


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