Tupac Guantay: viajar para descubrir los sabores del territorio


Chef, comunicador y viajero incansable, Tupac Guantay recorre la Argentina para descubrir las historias y los sabores que dan identidad a cada territorio. En esta entrevista comparte sus raíces cafayateñas y su mirada sobre la riqueza gastronómica del país.


Tupac Guantay es chef, comunicador y un apasionado narrador de las historias que se esconden detrás de cada plato. Nacido en Cafayate, en el corazón de los Valles Calchaquíes salteños, lleva en su identidad la riqueza cultural, gastronómica y vitivinícola del norte argentino, una región donde la comida es también memoria, territorio y tradición.

Muchos lo conocimos a través de sus trabajos en televisión y especialmente por sus recorridos para El Gourmet, donde tuvo la oportunidad de viajar por gran parte de la Argentina descubriendo cocinas regionales, productores, cocineros, artesanos y sabores que reflejan la diversidad de nuestro país. En cada destino supo ir más allá de las recetas para contar las historias de las personas que mantienen vivas las tradiciones y construyen la identidad gastronómica argentina.

Su mirada integra tres mundos que pocas veces aparecen unidos con tanta naturalidad: la gastronomía, el vino y el turismo. Por eso, conversar con Tupac es también emprender un viaje por los paisajes, los productos y las culturas que dan forma a la mesa argentina.

En esta entrevista nos comparte recuerdos de su Cafayate natal, reflexiones sobre los sabores que merecen mayor reconocimiento y algunas de las experiencias que más lo marcaron durante sus recorridos por el país.

«El territorio no es solo el fondo de la escena, sino el ingrediente principal.»

Cafayate es reconocido por sus vinos, pero ¿qué otros productos, ingredientes o tradiciones gastronómicas creés que merecen una mayor visibilidad?

El maíz, sin dudas. Es un ingrediente central en toda la cocina del noroeste y todavía no tiene el reconocimiento que merece fuera de la región.
Y después hay todo un universo de bebidas fermentadas ancestrales que están casi invisibilizadas: la aloja o la chicha, que se hace con algarroba o con maíz; la añapa, una bebida fría de algarroba dulce que se toma en verano y que para mí es uno de los sabores más puros del NOA.

Son preparaciones con siglos de historia que sobreviven en las comunidades pero que casi no aparecen en los circuitos gastronómicos formales. Merecen estar en la conversación y merecen respeto.


Después de recorrer tantas regiones del país, ¿qué descubriste sobre la identidad gastronómica argentina que más te sorprendió?

Que no existe una sola identidad sino muchas, y que eso es exactamente la riqueza.
Recorrí el país de punta a punta y en cada lugar encontré algo que me sacudió. En el norte, una señora en los Valles Calchaquíes preparando el mejor locro que probé en mi vida, sin ser chef, sin concepto, solo memoria y producto. En la Patagonia, un pescador de mejillones en el sur del Atlántico que me explicó cómo el agua fría y las corrientes cambian completamente el sabor del producto, con una precisión que cualquier profesional envidiaría.

En el Litoral, la cocina del río: el surubí, el pacú y las hierbas del monte que casi nadie conoce fuera de esa región. En Cuyo, los productores de aceite de oliva y los secaderos de tomates y pimientos que trabajan con el sol seco de la cordillera exactamente igual que hace generaciones. Y en el centro, la cocina de campo, el asado como ritual social y no como técnica, donde lo importante no es el corte sino quién está alrededor del fuego.

Lo que más me sorprendió es la vigencia de todo eso en lugares donde nadie los está mirando. El gran desafío de la gastronomía argentina es aprender a poner en valor esas cocinas sin folclorizarlas ni vaciarlas de sentido.


¿Hay algún productor, cocinero o historia que te haya marcado especialmente durante tus viajes? ¿Por qué?

Sería injusto nombrar uno solo, porque en cada lugar que visité encontré algo que me dejó una marca.
Lo que sí puedo decir es que en todos ellos hay un denominador común: el intercambio de saberes entre generaciones que se replica, que no se corta.

Una abuela que le enseña a su nieta cómo secar el pimiento al sol en los Valles Calchaquíes. Un pescador del sur que le explica a su hijo en qué momento del año los mejillones están en su punto. Un productor de aceite de oliva en Mendoza que aprendió a leer el olivo mirando a su padre.
Esa transmisión silenciosa, sin libros ni escuelas de cocina, es para mí la forma más sofisticada de gastronomía que existe. Me cambió la manera de pensar la cocina de autor y me enseñó que la humildad frente al ingrediente es el primer paso de cualquier receta.


Si tuvieras que invitar a alguien a conocer Argentina a través de cinco sabores, ¿cuáles elegirías?

Norte: un locro norteño bien hecho, con maíz blanco, cuero de cerdo y las especias del valle. El plato que más nos define como pueblo.

Sur: una buena centolla, langostinos o mejillones patagónicos, con el frío del Atlántico todavía encima. Un sabor que te recuerda que Argentina también es mar y viento sur.

Este: el surubí del Litoral, a la parrilla o en escabeche, con yuyos del monte y limón. Una cocina de río que merece mucho más protagonismo del que tiene.

Oeste: aceite de oliva de Cuyo, en su punto exacto de cosecha temprana, con pan. Simple y perfecto. El sol seco de la cordillera en una botella.

Y el que los une a todos: un buen mate cocido con yuyos del monte, preparado por alguien que sabe. No es un plato, no es un vino, pero es el sabor más argentino que existe. El único que cruza todas las geografías y todas las mesas.

Patricia Courtois: una cocinera que transforma los sabores argentinos en historias

Foto: Wines of Argentina

Hay personas que cocinan y hay personas que logran transmitir la identidad de un territorio a través de cada plato. Patricia Courtois pertenece a ese segundo grupo.

Patricia Courtois fue mamá bien joven a los 21 y no estudió para ser cocinera, sin embargo cocinar es su gran pasión y estilo de vida.
Desde Vinos y Pasiones la admiramos mucho por su gran determinación y energía a la hora de comunicar el mapa de la cocina argentina.


Parte de su recorrido en el mundo gastronómico

Trabajó brindando catering en el Palacio San Martín donde se encuentra la Cancillería Argentina.
Entre 2008 y 2017, fue la encargada de crear lo sabores de Le Bistrot, el restaurante de la Alianza Francesa de Buenos Aires.

Luego recuperó los manjares tradicionales de la provincia de Corrientes y compartió trabajo con las mujeres cocineras correntinas, de ellas aprendió sabores y legados del terruño.
Se desempeñó también en la cocina del Rincón del Socorro, una hostería ubicada en los Esteros del Iberá, en las tierras que donó Douglas Tompkins.

En el 2018 logró la primera edición del galardón Barón B, un destacado premio en el que compitió junto a grandes talentos y brilló con el Proyecto Iberá que puso de relieve las recetas tradicionales, la sustentabilidad y biodiversidad. 

Escribió el libro Viaje al Sabor, una obra de cien recetas, en donde no faltan la sopa de cebollas francesa, los buñuelos de acelga, un especial sobre alcauciles y una maravillosa terrina de campo, entre varias alternativas más.

Apasionada de explorar geografías, se nutre de las historias y memorias de vida de las personas.
Ha asesorada en el restaurante de la Bodega Colomé, provincia de Salta.
Actualmente es la chef ejecutiva de 5 Suelos Cocina de Finca, el restaurante de Durigutti Family Winemakers, en Las Compuertas, Mendoza. 

Hoy es un ejemplo por su forma de trabajar, empoderando al equipo, poniendo magia en las cocinas regionales y bañando cada plato con amor a los productos de la tierra.

Le hicimos unas preguntas a esta gran persona y excelente profesional que gentilmente nos respondió:

VyP: ¿Qué te inspiró en convertirte en cocinera?
P.C.: «Sin duda alguna las mujeres de mi familia. Cocino desde siempre en ese ámbito familiar. Luego sin quererlo se transformó en una profesión«.

VyP: Trabajas en un restaurante de bodega, ¿cómo integras los vinos locales en tus creaciones culinarias?  
PC: «Trabajar en un restaurante de bodega es un desafío hermoso. Poner la gastronomía al servicio del vino es la clave».

VyP: ¿A cuáles de tus colegas admirás?
PC: «A muchos, Dolli, Mariano Ramón, Trocca, y a cada uno de los cocineros que hacen posible cada despacho en todos los proyectos en los que trabajo». 

VyP: ¿A qué tres famosos invitarías a cenar?
PC: «Invitaría a quienes quieran probar mis platos, nadie en especial». 

Muchas gracias Patricia, por tu generosidad, por resaltar y difundir los sabores argentinos de cada rincón de nuestro país. Felicitaciones y que brilles en cada paso.


Historias como la de Patricia Courtois nos recuerdan que detrás de cada plato hay territorio, cultura, productores y una profunda pasión por transmitir sabores con identidad.

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La importancia del terroir: el origen de la identidad del vino

Terroir
Foto: Decanter Magazine

Hablar de vino es, inevitablemente, hablar de origen.
Aunque no de cualquier origen: de ese lugar único donde la naturaleza y la mano del hombre se encuentran para dar vida a algo irrepetible.
A eso lo llamamos terroir.

Durante mucho tiempo se lo asoció únicamente al suelo. Sin embargo, hoy sabemos que el terroir es mucho más complejo: es la interacción entre clima, suelo, variedad de uva y decisiones humanas, lo que finalmente define la identidad de un vino


Un equilibrio dinámico

El clima es uno de los factores claves ya que si un año hay mucha lluvia, los enólogos tienen que apurarse a cosechar porque la uva podría quedar «lavada.» Influye también si próxima hay una masa de agua o si existen bosques que determinan que las vides reciban menos viento, todo marca un algo, en el caracter del vino.
El clima y el microclima influyen mucho en un viñedo, la humedad, los vientos, los enemigos de la vid, como las heladas y el granizo, el grado de insolación, cuántas horas de sol recibe la planta.

Hay variedades que se adaptan mejor a determinadas regiones. Por ejemplo, y aunque sea redundante mencionarlo la Pinot Noir crece muy bien en las zonas altas, más frescas (Valle de Uco) y frías, como en la Patagonia. Es una cepa de clima corto y resiste muy bien el frío. Por el contrario, no crece en el Norte del país, aunque han habido pruebas, no se dan tan buenos ejemplares.

Ale Vigil dice: «cada uva es una acertijo» (Dante Rofi. Un trabajador de la Viña-La Nación. 21 de enero 2017).
Y cada variedad se da de un modo especial en los diversos terroirs. Por eso se habla de la Malbec de Maipú, la Syrah y Viognier de la provincia de San Juan. Tannat salteño, Merlot, Pinot Noir de la Patagonia.

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Mauro Colagreco: raíces argentinas, mirada universal y una cocina con alma

Foto: Vinómanos


De sus orígenes en Argentina a la construcción de una de las cocinas más influyentes del mundo, la historia de Mauro Colagreco es una búsqueda de identidad.

Hablar de Mauro Colagreco es hablar de uno de los grandes nombres de la gastronomía contemporánea. Sin embargo antes de las estrellas, de los reconocimientos y de los rankings internacionales, hay una historia que comienza en un lugar concreto, cotidiano, profundamente argentino: la ciudad de La Plata.
En una ciudad de diagonales y arboledas, Colagreco creció con una relación directa con la naturaleza y los productos. Esa conexión temprana, casi silenciosa, sería, con los años, uno de los pilares de su labor.
Como muchos cocineros de su generación, se formó en Argentina, en la escuela del Gato Dumas.


Francia: aprender sin perder su mirada

Entendió que ese territorio era una escuela viva. Llegar a este país implicaba atravesar una nueva forma de hacer y de pensar la alimentación.
Trabajó junto a grandes referentes de la gastronomía francesa, incorporando técnica, disciplina y precisión. Incluso en ese proceso, nunca perdió su esencia. Buscó convertirse en un cocinero con sensiblidad propia.
Ese equilibrio entre técnica europea y percepción latinoamericana fue el origen de todo lo que vendría.

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Michel Rolland: el hombre que escuchó al vino y entendió a la Argentina


Hablar de Michel Rolland es referirse a una de las figuras más influyentes de la enología contemporánea. Admirado por muchos, cuestionado por otros, pero imposible de ignorar, Rolland logró algo que pocos: dejar una huella global sin perder su identidad.

Nacido en Pomerol, en el corazón de Bordeaux, su historia comienza entre barricas. Hijo de viticultores, creció entendiendo el vino no como un producto, sino como un lenguaje. Un lenguaje que más tarde aprendería a interpretar —y también a moldear— en distintas regiones del mundo.


El consultor que cambió el mapa del vino

Rolland fue uno de los grandes impulsores de la figura del “flying winemaker”. Su mirada técnica y sensorial ayudó a redefinir estilos en Francia, España, Italia, Estados Unidos y América del Sur.Su sello fue claro: vinos más redondos, taninos pulidos, mayor madurez de fruta y perfiles más accesibles para el consumidor.Para algunos, esto implicó una cierta homogeneización del gusto. Para otros, representó una democratización del vino, acercándolo a nuevos públicos.

Más allá del debate, hay un aspecto indiscutible: Rolland entendió al consumidor antes que muchos de sus contemporáneos.
La relación de Rolland con Argentina no fue casual, sino el resultado de una conexión genuina.

Trabajó con diversas bodegas y fue una figura clave en el posicionamiento internacional del Malbec. Su proyecto más emblemático, Clos de los Siete, en Mendoza, refleja una visión donde el terroir y el mercado dialogan de manera equilibrada.Sin embargo hay una historia que trasciende lo técnico.

La anécdota del norte: el encuentro con Arnaldo Etchart

Michel Rolland llegó a la Argentina en 1988, convocado por Arnaldo Etchart, uno de los grandes referentes de la vitivinicultura salteña, un visionario que entendía el potencial del norte argentino mucho antes de su reconocimiento internacional.

El desafío era claro: desarrollar vinos tintos en Bodega Etchart, en la zona de Yacochuya, en Cafayate, a 1800 metros de altura. Un terroir extremo, de amplitudes térmicas marcadas, suelos pobres y una identidad que aún estaba en construcción desde la mirada del mercado global.
Fue allí donde Rolland elaboró uno de sus primeros grandes Malbec en el país, en un momento en que Argentina todavía no figuraba en el mapa de los grandes vinos tintos del mundo.

Ese viaje no solo marcó el inicio de su trabajo en uno de los primeros países fuera de Francia donde asesoraría, sino también el comienzo de una relación profesional y humana profunda. Entre Rolland y Etchart se construyó algo más que un vínculo técnico: una amistad que perduró en el tiempo y que acompañó el crecimiento de la vitivinicultura argentina.


Clos de los Siete: una visión compartida en Mendoza

Foto: https://www.rollandcollection.com/

Uno de los proyectos que mejor sintetiza la mirada de Michel Rolland en Argentina es Clos de los Siete, en el Valle de Uco, Mendoza.

Más que una bodega, se trata de un concepto: un conjunto de viñedos y proyectos vitivinícolas que comparten una misma filosofía, donde el terroir, la técnica y la visión internacional dialogan de manera constante. Allí, Rolland no solo asesoró, sino que también fue parte activa en la creación de un modelo innovador para la vitivinicultura argentina.

Dentro de este desarrollo se encuentra Bodega Rolland, su proyecto personal en el país. Un espacio donde su estilo se expresa con mayor libertad, combinando la identidad del Malbec argentino con su experiencia enológica en Burdeos.

Clos de los Siete representa, en muchos sentidos, una bisagra: la consolidación de Argentina como productor de vinos de calidad internacional, y además la evidencia de que es posible integrar miradas externas sin perder identidad.

En ese equilibrio entre origen y proyección global, entre montaña y mundo, se puede leer con claridad la huella de Rolland en el vino argentino.


Vino, gastronomía y cultura

La mirada de Michel Rolland siempre trascendió el vino como producto aislado.
Entendió que el vino no se agota en la copa, sino que encuentra su verdadero sentido en la mesa, en ese espacio donde se cruzan los sabores, las personas y las historias. En Argentina, esta idea adquiere una dimensión aún más profunda: el vino no es solo una bebida, es parte del encuentro, de la conversación y de una identidad cultural construida alrededor del compartir.

Desde la cocina regional —con sus productos, sus técnicas y su memoria— hasta la alta gastronomía, donde cada detalle es pensado, su influencia contribuyó a que los vinos argentinos se integren de manera más armónica con la comida. No se trató únicamente de hacer vinos técnicamente correctos, sino de lograr perfiles que acompañen, que potencien y que respeten el plato.
En ese sentido, Rolland ayudó a consolidar un estilo de vinos más amables, de taninos pulidos y mayor expresión frutal, que facilitan el maridaje y amplían las posibilidades en la mesa. Esto permitió no solo mejorar la experiencia gastronómica, sino también acercar el vino a nuevos consumidores, haciéndolo más comprensible y disfrutable.

Así, su aporte puede leerse también desde la cultura: contribuir a que el vino argentino se viva menos como un objeto de análisis y más como una experiencia compartida, cotidiana y profundamente humana.


Su legado

Hablar del legado de Michel Rolland es hablar de tensiones y equilibrios.
Entre tradición y modernidad.
Entre expresión del terroir y demanda del mercado.
Entre técnica y emoción.

Por, sobre todo, es hablar de alguien que ayudó a que el vino argentino se proyecte al mundo con mayor seguridad, identidad y pasion.
Con su partida, el mundo del vino pierde a una figura clave, aunque su legado seguirá vivo en las personas, en los proyectos y en los vinos que ayudó a transformar.

Su mayor aporte tal vez haya sido ese: interpretar el vino, traducirlo, hacerlo accesible, sin quitarle su esencia.