Cómo catar un vino: guía práctica paso a paso



Catar un vino consiste en observarlo, olerlo y probarlo con atención para comprender sus características y, sobre todo, disfrutarlo más plenamente. Esta guía te acompaña desde lo más simple hasta cómo interpretar lo que percibís en la copa.


1. Elección de la copa

La copa adecuada permite que los aromas y sabores se perciban mejor. Para vinos blancos, busca copas más estrechas; para tintos, copas más anchas que faciliten la oxigenación.


2. Temperatura del vino


Cada tipo de vino tiene su temperatura ideal:

  • Blancos y rosados: 8–12 °C
  • Tintos jóvenes: 14–16 °C
  • Tintos robustos y añejos: 16–18 °C

3. Ambiente de cata


Busca un lugar con buena iluminación, sin olores fuertes que puedan interferir con la percepción de aromas del vino.

La cata de vinos consta de 3 pasos. Antes claro está, vamos a descorchar.  Lo primero a hacer es observar el corcho y olerlo. 
Luego nos servimos un poco en la copa que siempre, siempre la vamos a tomar del tallo o el pie para no calentar el vino.


Fase visual


Quienes estamos dotados de este maravilloso sentido, lo primero que hacemos es observar el vino.
Vas a tomar el vino por el tallo de la copa, así no calentás el vino con la temperatura de la mano, y vas a inclinar la copa unos 45 grados, contra un papel, servilleta o mantel de fondo blanco. De este modo, vas a poder dilucidar si el vino es joven o tiene sus años.
Recordá que el color tiene relación con la edad del vino. Los vinos blancos cuando son jóvenes se ven colores amarillo pálidos o verdosos, cuando ganan en edad se perciben amarillos ámbar o caramelo. En el caso de los vinos tintos tienden a mostrar rojos brillantes y vivaces dentro de la gama de los violáceos o rubí. Cuando son vinos de varios años, su colores van del granate, al teja y hasta pueden llegar a los marrones.

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En esta fase vamos a hablar de la intensidad del color, esto puede deberse a la variedad de uva utilizada, los trabajos que se realizan en el viñedo y en la bodega. Entonces ¿Cómo hacemos para ver la intensidad? Eso se ve nuevamente inclinando la copa a unos 45 grados, colocando tu mano abajo y según cómo se observen los dedos a través de la copa se clasificará la intensidad como baja, media o alta.
Cuando hablamos de reflejos en los tinos cómo se puede ver en la figura se ven en el borde o en el arco superior y en los blancos en la parte que se le dice arco o herradura de la parte inferior de la copa.
Finalmente en esta fase debés haber escuchado hablar de las lágrimas o piernas que es el nombre que se les da a las gotas del vino que caen por las paredes de la copa.


Fase olfativa


El sentido del olfato tiene dos vías: una es la nasal directa que es lo que aspiramos por la nariz y la retronasal, desde la cavidad bucal, cuando tragamos el vino.
A la hora de oler un vino, hacemos una primera nariz que es acercar la nariz a la copa y hacer tres inspiraciones profundas.
En esta etapa se analiza la limpidez del vino, en la primera nariz, si el vino no tiene algún defecto (de tenerlo no se continúa con la cata).

Luego vamos a girar la copa para que el vino se oxigene y libere más aromas.
Volvemos a oler y aquí podemos apreciar otros aromas.
Se evalúa la intensidad, es decir la potencia aromática del vino. Se describe como baja, media o alta.
Vas a detenerte en la complejidad o carácter del vino. Puede ser un vino simple, de complejidad media, media-alta o complejo. 
En cuestión de aromas hablamos de aromas primarios: los que son de la uva, secundarios los que provienen de la elaboración y fermentación en barrica y los aromas terciarios: propios de la evolución en botella y la crianza en madera, en las barricas.
En los vinos blancos vas a encontrar aroma o notas a frutas blancas, como ananá, aroma a cítricos, pueden haber notas florales. En los tintos frutas rojas ciruelas, frutillas o moras y paso a paso vas a ir descubriendo otros sabores.
Cuando el vino tiene paso por barrica se distinguen aroma a cedro, tostado, algo de vainilla.


Fase gustativa


Y aquí viene la parte más interesante.
La lengua detecta cuatro clase de sabores: el dulce, el ácido, el salado y el amargo. Y cabe destacar que la sensibilidad de lo dulce y de lo ácido es muy variable en las personas y en los catadores.
En el proceso de catar, se distinguen tres etapas: el ataque que sucede en los primeros segundos, la evolución o los cambios en las sensaciones y el final de boca que es cuando se termina de catar el vino y aún después de ser arrojado o escupido.
El dulce se siente en la punta de la lengua, el salado en los bordes, el ácido en los costados y el amargo en la parte posterior.
Buscá el equilibrio entre el sabor inicial y el retrogusto (es el conjunto de sensaciones gustativas y aromáticas que perduran en la boca y la garganta después de tomar un poco de cualquier bebida).
Un vino es equilibrado cuando el alcohol, la acidez y los taninos se integran de un modo uniforme.

Por último, practicá, practicá y practicá, olé todo, y sobre todo, presta atención a cada aroma. No somos de oler los alimentos y hacerlo es un gran entrenamiento. Olé todo, los perfumes, las verdulerías, a que huele tu ciudad, olé tu cocina, un perfume, las especias. Andá con los sentidos despiertos.

Aprender a catar un vino no significa buscar respuestas correctas, sino desarrollar el propio criterio y la sensibilidad. Con el tiempo, cada copa se vuelve una experiencia más consciente, más placentera y más personal.


¡Entrená tu nariz!


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¡Qué tengas un gran día! ¡Muchas gracias por tu linda compañía!

Vendimia: Un ritual de pasión y tradición


Foto: Acovi Asociación de Cooperativas vitivinícolas Argentinas


La vendimia es más que un momento en el calendario: es un ritual que une tierra, historia y pasiones. A través de siglos de tradición vitivinícola, la vendimia se ha convertido en símbolo de renovación, trabajo colectivo y celebración de la abundancia. Cada año, cuando los racimos maduros son cuidadosamente recogidos bajo el sol, se pone en movimiento un ciclo que une al viñedo con la bodega y a la gente con sus raíces. Esta festividad, profundamente arraigada en la cultura argentina, transforma la simple cosecha de uvas en una experiencia colectiva donde lo agrícola se entrelaza con lo social, lo espiritual y lo festivo.

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Vinos con velo en Argentina: un estilo que despierta

Foto: Wines of Argentina

En el fascinante mundo del vino, hay estilos que emocionan por su historia, otros por su innovación, y algunos- como los vinos con velo- por su capacidad de reunir ambos mundos en una misma copa.

Durante siglos, regiones como Jerez en España o Jura en Francia mantuvieron viva durante siglos esta técnica de crianza biológica, donde un velo de flor, una capa de levaduras naturales, cubre la superficie del vino mientras reposa en barricas sin llenar completamente. Hoy, esta práctica ancestral está cobrando vida nueva en Argentina, de la mano de enólogos curiosos, apasionados y decididos a ir más allá de los estilos tradicionales.


¿Qué es un vino con velo?

Los vinos de crianza biológica son aquellos que desarrollan un velo de levaduras en su superficie mientras envejecen. Este «velo» se forma cuando el vino entra en contacto con el oxígeno en barricas no completamente llenas. Es decir el vino no se lo protege del todo. Las levaduras se activan y generan una capa protectora que:

  • Evita la oxidación directa, sin impedir la microoxigenación.
  • Aporta sabores y aromas únicos, como almendra, pan, flores secas, curry, heno y salinidad.
  • Genera un vino más seco, profundo, complejo y gastronómico.

No es una crianza común ni rápida: requiere paciencia, tiempo, condiciones muy específicas y sensibilidad enológica. Se protege al vino, aunque sin encerrarlo. Se lo deja evolucionar, transformarse.

Es un acto de dejar que la naturaleza también se exprese.


De Europa al Nuevo Mundo

Este estilo tiene raíces profundas en:

  • Jerez (España), con sus Finos y Manzanillas.
  • Jura (Francia), donde nace el célebre Vin Jaune, también en Rousillon, sur de Francia. con fuerte influencia catalana y tradiciones vinícolas ancestrales.
  • Algunas zonas de Italia, Hungría y Georgia, con crianzas similares.

Sin embargo en la última década, Argentina comenzó a explorar con entusiasmo esta técnica, demostrando que nuestros suelos y condiciones climáticas, especialmente en Mendoza y San Juan, son ideales para la aparición y mantenimiento del velo de flor.


Los pioneros en Argentina

A partir de 2014, algunos enólogos comenzaron a notar la aparición espontánea del velo en barricas que no se habían llenado del todo. Lo que en principio pareció un accidente, despertó una oportunidad y curiosidad. Acá no hubo una guía sobre cómo actuar, sí mucha intuición, propia del ADN argento. Así los enólogos, tradujeron esta práctica a nuestro paisaje, clima, e identidad vitivinícola. Y allí comenzó la exploración:


Alejandro Vigil – Bodega Aleanna

En 2008, cuando en Argentina casi nadie hablaba de vinos criados bajo velo, Alejandro Vigil decidió experimentar con su Chardonnay El Enemigo, inspirado en los vinos del Jura.
Vigil implementó la crianza bajo una cobertura natural de levaduras, conocida como velo o flor, permitiendo que el vino evolucione protegido aunque en contacto con el oxígeno.
“Hago chardonnay con una cobertura de levadura —flor de velo— similar a cómo se hace en el Jura. Me encantan las notas florales y la profundidad de esos vinos”, suele explicar.
El resultado es un Chardonnay con mayor complejidad, textura y carácter, donde aparecen notas salinas, florales y una profundidad poco habitual en blancos argentinos. Con esta decisión, Vigil no solo creó un vino singular, sino que se convirtió en uno de los referentes pioneros de la crianza biológica en el país.


David Bonomi – Per Se

Con su proyecto Volare de Flor, David Bonomi sorprendió al mercado en 2014 al elaborar uno de los primeros vinos argentinos criados bajo velo. En un momento en que casi nadie hablaba de crianza biológica, su apuesta fue tan audaz como visionaria.
El velo apareció de manera espontánea en barricas no completamente llenas y, lejos de verlo como un defecto, Bonomi decidió observar y dejar que el tiempo hiciera su trabajo. Así nació un vino seco, profundo, con marcada salinidad y una complejidad aromática poco habitual en blancos argentinos. Volare de Flor se convirtió en un hito que abrió camino a otros enólogos a explorar este estilo en el país.


Juan Pablo Michelini – Bodega Altar Uco

Con su línea Altar Uco, Juan Pablo Michelini detectó velo de manera espontánea en un vino blanco y decidió profundizar en la técnica, elaborando un Pedro Giménez bajo flor.
Michelini, lo abordó con cuidado y paciencia, dejando que la crianza biológica revelara todo su potencial. El resultado son vinos vibrantes, secos, intensos y con identidad, que muestran una complejidad aromática poco habitual en blancos argentinos y destacan la personalidad de su terruño. Ideal para una larga charla de sobremesa


Eduardo Soler – Ver Sacrum

Con su proyecto Ver Sacrum, Eduardo Soler aplica su mirada atenta a las variedades mediterráneas y a los métodos tradicionales, sin embargo también se anima a experimentar con la crianza biológica.
En sus vinos, la presencia de velo aporta frescura y complejidad, generando texturas y aromas distintos a lo habitual, resaltando la identidad de cada variedad y del terruño. Su enfoque combina respeto por la tradición con la búsqueda de expresión y singularidad, ofreciendo vinos con carácter, elegancia y personalidad propia.


Matt Berrondo (Finca Anguita)

Matt continúa cultivando y perfeccionando esta técnica. Ha ido incrementando la cantidad de barricas que dieron lugar a la crianza bajo flor con velo “madre”, incluso armando soleras y replicando este enfoque en barricas de 160 y 225 litros, con la intención de construir una base sólida para futuras elaboraciones bajo crianza biológica. Este tipo de trabajo artesanal requiere mucha paciencia, sensibilidad y control, pues el velo es extremadamente frágil: pequeñas perturbaciones pueden destruirlo.
Su enfoque ha ayudado a expandir la visión del vino argentino, integrando métodos ancestrales con la identidad propia del terroir.


Gabriel Campana (Valle de Calamuchita)

Gabriel Campana es una figura destacada de la vitivinicultura cordobesa que se ha sumergido en la crianza biológica desde una mirada personal y ligada al paisaje de su tierra natal. Nacido en Colonia Caroya, en el corazón de Córdoba, Campana ha desarrollado proyectos donde la expresión del vino va más allá de la variedad para transmitir el carácter del viñedo y las condiciones del entorno.
Gabriel elabora etiquetas como El Raro Velo, un Sauvignon Blanc con velo producido en partidas muy limitadas que busca recuperar una sensación de simpleza y pureza, con acidez natural marcada, baja intervención y una frescura definida por su origen serrano.


Pablo Marino – Solo Contigo y Berracos

Pablo Marino desarrolló su proyecto Solo Contigo en Los Chacayes, Valle de Uco.
Su blanco Solo Contigo Neelands White Blend, un corte de 60% Semillón, 20% Chardonnay, 10% Pedro Giménez y 10% Torrontés, refleja la frescura y el carácter de la zona a 1.200 msnm. La vendimia se realiza manual, en cajas de 16 kg, y la vinificación combina fermentación en barricas de 500 litros con una crianza mixta: el 50% en barricas de roble francés de segundo y tercer uso durante 15 meses, y el otro 50% bajo velo (crianza biológica) en tanque de acero inoxidable, para luego reposar 3 meses en tanque. El resultado es un vino que conjuga elegancia, complejidad aromática y frescura, con la expresión auténtica del terruño del Valle de Uco.


Finca Las Moras – San Juan

Desde San Juan, Finca Las Moras sorprendió con su Pedro Giménez “Pedrito”, un vino blanco elaborado bajo velo durante 18 meses. Esta crianza biológica le aporta al vino una frescura vibrante, tensión en boca y matices aromáticos complejos, donde se perciben delicadas notas salinas, frutas blancas maduras y un ligero toque de frutos secos. “Pedrito” refleja tanto la tipicidad de la variedad como la singularidad del terruño sanjuanino, ofreciendo un blanco elegante, auténtico y con personalidad, que invita a descubrir nuevas posibilidades de expresión dentro de los vinos argentinos bajo velo.


José Luis Pepe Miano junto a Juan Pablo Michelini- Amansado Wines

Bajo la guía del enólogo José Luis Miano y con la asesoría de Juan Pablo Michelini, ha explorado la crianza biológica con propuestas innovadoras. Su Pedro Ximénez de Flor en ánfora se cría durante dos años bajo velo, desarrollando un blanco de aromas profundos, textura envolvente y matices elegantes de frutos secos y frescura vibrante. 100% Pedro Ximénez de un viejo parral de Valle de Uco, El Zampal, Tupungato, Mendoza. Criado bajo velo 24 meses en Ánfora de porcelanato italiana claiver de 450 lts.
De tonos doradosm algo turbio, de nariz delicada y profunda con notas a la jalea de membrillo, flores blancas y piel de naranja. En boca es algo salino y tenso, de gran volumen, largo y persistente.


Puerta del Abra – Balcarce, Buenos Aires

ubicada en Balcarce, Buenos Aires, se destaca por su apuesta audaz en una zona poco tradicional para la vitivinicultura argentina. La bodega ha experimentado con crianza biológica, logrando que sus vinos blancos desarrollen frescura, tensión en boca y aromas delicadamente complejos, donde se perciben notas de frutos blancos, hierbas y un ligero toque salino que recuerda la cercanía del océano Atlántico.

Su enfoque artesanal y el cuidado de cada etapa de la elaboración permiten que la flor actúe como una capa protectora viva, potenciando los matices del terruño y generando vinos originales, con carácter y personalidad, muy valorados por conocedores que buscan experiencias distintas dentro de la vitivinicultura argentina.


Condiciones ideales para el desarrollo del velo en Argentina

Nuestro clima seco, la sanidad de las uvas y el trabajo enológico de precisión crean las condiciones ideales para esta técnica:

  • No hay que fortificar el vino (como en Jerez), porque el velo aparece naturalmente.
  • Las barricas permiten una microoxigenación suave.
  • El resultado es una expresión única del terroir argentino con alma europea.



Maridajes y estilo

Los vinos con velo son intensos, secos, a veces salinos. Invitan a maridajes que salgan del molde:

  • Quesos curados, frutos secos, jamón crudo.
  • Platos asiáticos, cocina de mar, sopas especiadas.
  • También como aperitivo, con olivas, pan de masa madre o platos vegetarianos complejos.


¿Por qué importan estos vinos?

Porque muestran otra cara del vino argentino. Una más libre, experimental, y a la vez profundamente conectada con las raíces. Son vinos para exploradores del paladar, para quienes buscan nuevas emociones en cada copa. Y también son una muestra del talento y la creatividad que caracterizan a nuestra generación de enólogos.

Son vinos que cuentan historias. Que hablan del tiempo, de la espera, de lo que sucede cuando el hombre deja que la naturaleza actúe.

Hoy, Argentina se suma a ese relato global, con vinos que no solo sorprenden, sino que emocionan.


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Elaboración de vinos blancos

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Cosecha

El proceso de cosecha en Argentina es de febrero a abril. Cuando la uva está lo suficientemente madura es cosechada.
La cosecha puede ser manual, la uva es cortada con tijeras y por obreros o mecánicamente, por medio de una máquina que está diseñada para cortarla.
No siempre se puede realizar mecánicamente por el terreno y ahí está el hombre cosechando.
Uno de los aspectos más importantes a la hora de cosechar es la temperatura. A veces se cosecha de noche o bien temprano a la mañana para evitar fermentaciones espontáneas.
Desde ya que se relaciona con cómo está la semilla (si está crocante) es momento, sino hay que esperar. A la vez el grado de dulzor de la uva.


La uva llega a la bodega

Hacé de cuenta que estás en cualquier provincia argentina en donde se cultiva la vid.
Vamos a ver cómo trabajan y veremos que la uva es cosechada en bins (pequeñas cajas plásticas de 18 de kilos) a veces es transportada a granel y es llevada enseguida a la bodega para que no se oxide.
Una vez la uva llega a la bodega es depositada en los lagares.
El lagar es un recipiente en forma de pirámide invertida. Es posible se le aplique anhídrido sulfuroso. Este aditivo se utiliza desde tiempos inmemoriables.
La función es que es antioxidante y conservante.


Mesa de selección: una etapa clave en vinos de alta gama

En bodegas orientadas a vinos de alta gama, la selección de la uva puede realizarse en una o incluso dos mesas de selección.
La primera se enfoca en el racimo entero, descartando aquellos que no cumplen con el estándar de calidad.
La segunda mesa se utiliza luego del despalillado y permite una selección grano por grano, logrando una materia prima más precisa y homogénea.
Este doble proceso aporta mayor pureza, fineza y definición al vino final, y es una práctica habitual en elaboraciones de alta gama.


Despalillado

El lagar cuenta con un tornillo sin fin, que lleva la uva a una máquina despalilladora. Esta máquina aprieta suavemente la uva sin romperla, aunque lo suficiente para no romper las semillas y separar el escobajo.
Por medio del despalillado se separa el raspón (parte leñosa) de la uva.


Maceración

Se trata de llevar la uva a bajas temperaturas con los hollejos para que liberen aromas.
La idea es realizar la refrigeración lo más rápido posible por unas tres horas, la temperatura debe ser de aproximadamente 5 ° grados. De este modo el jugo de la uva logra color.


Prensado

El momento en el cual la uva es apretada suavemente para separar el líquido de las partes sólidas. Antigüamente se hacía el pisando la uva con los pies.
Para hacer ésto se utiliza la prensa. El objetivo es que la uva llegue a la prensa sin el escobajo (la parte leñosa) porque esto podría darle notas amargas al futuro vino.
Hay varios tipos de prensa, las que más se emplean hoy en día es la prensa neumática y la hidráulica.
El prensado en los vinos blancos es donde priman las diferencias de vinos blancos y tintos.
Vinos blancos: se realiza enseguida luego del despalillado.
Vinos tintos: se hace una vez terminada la fermentación.


Desfangado

Luego del prensado, el mosto se deja reposar a baja temperatura para que las partículas sólidas en suspensión se depositen en el fondo del recipiente.
Este proceso, conocido como desfangado, permite obtener un mosto más limpio, favoreciendo fermentaciones más controladas y aromas más definidos.
El desfangado puede realizarse de manera estática o mediante técnicas más modernas, según el estilo de vino que se desee elaborar.

Fermentación alcohólica

Una vez que se obtuvo el jugo, tambien llamado mosto, se lleva a los tanques de fermentación donde fermenta a una temperatura baja, entre 15 y 20 grados, de 15 a 20 días. Mediante este proceso el mosto va ganando los aromas frutales de la variedad.
Cuando la fermentación finaliza, las levaduras mueren y se van (precipitan) al fondo del tanque junto con otros elementos sólidos.
La fermentación se puede hacer en grandes tanques de acero inoxidable o en piletas de hormigón que pueden estar revestidas o no de epoxi. También puede la fermentación hacerse en barricas de roble.


Fermentación malolática

En la fermentación maloláctica el ácido málico (el ácido que se encuentra en varias frutas) se convierte en ácido láctico. En esta fermentación no accionan las levaduras. El resultado es la disminución del ácido y aparece el ácido láctico. Para ser más claros es lo que sentimos al comer una manzana verde (ácido málico) vs lo que saboreamos al comer yogur (ácido láctico).
Este proceso da vinos con aroma a manteca, notas lácticas y en sabor se presentan notas untuosas como más volúmen (estructura del vino).
La fermentación maloláctica no se emplea en todos los vinos blancos, lo decide el enólogo y tendrá que ver con el estilo de vino que desea elaborar.


Trasiego

El trasiego es la técnica mediante la cual el vino se transfiere de un recipiente a otro, generalmente de tanque a tanque, con el objetivo principal de separar el líquido de los sólidos que se depositan durante la fermentación, conocidos como lías.
Este proceso permite que el vino se aclare de manera natural, evitando sabores amargos o notas indeseadas que pueden aportar las lías en exceso.
El trasiego también ayuda a oxigenar ligeramente el vino, favoreciendo su evolución y desarrollo aromático, y es una etapa clave para vinos blancos de calidad.
Dependiendo del estilo de vino y de la bodega, se puede realizar una o varias veces durante la crianza antes del embotellado.


Battonage

En algunos vinos blancos, especialmente los que se crían sobre lías, se realiza el battonage, que consiste en remover suavemente las lías finas de manera periódica.
Esta técnica ayuda a que el vino desarrolle mayor complejidad aromática y volumen en boca, aportando notas más cremosas y elegantes sin necesidad de contacto con madera adicional.
El enólogo decide la frecuencia del battonage según el estilo del vino, la variedad de uva y el perfil aromático que se desea lograr.


Clarificación y filtrado

Una vez que el vino ha pasado por todos los procesos anteriores, llega el momento de clarificar, filtrar y estabilizar.
La clarificación consiste en eliminar partículas en suspensión, como restos de levaduras muertas, que podrían afectar la transparencia y la estabilidad del vino. Para ello se utilizan distintos agentes clarificantes o métodos naturales que ayudan a que estas partículas se depositen en el fondo del recipiente.

El filtrado, por su parte, permite eliminar cualquier sólido residual y obtener un vino limpio y brillante, listo para la crianza o el embotellado. Este paso también contribuye a que el vino sea más estable microbiológicamente, evitando fermentaciones no deseadas dentro de la botella.

La combinación de clarificación y filtrado asegura que el vino presente color, aromas y sabor nítidos, respetando el estilo deseado por el enólogo y preparando la base para la crianza en roble o el embotellado final.


Roble sí o no

El vino puede pasar un tiempo en barricas de roble, aunque en el caso de los vinos blancos este contacto suele ser menor que en los tintos. En Argentina, la legislación no establece tiempos obligatorios, pero es habitual que se considere reserva a un vino con unos 6 meses en roble y gran reserva a uno con 12 meses.
Durante este tiempo, el vino interactúa con la madera, adquiriendo notas de vainilla, tostado o especias, y se oxigena lentamente, aportando mayor estructura y redondez en boca. El tipo de roble y el nivel de tostado de la barrica permiten al enólogo adaptar el perfil del vino según la variedad y el estilo deseado.


Embotellado

Una vez que el vino ha pasado por todos los procesos de fermentación, trasiego, clarificación y, si corresponde, crianza en roble, llega el momento del embotellado, etapa en la que el vino se prepara para su conservación y consumo.
En esta fase, el vino se traslada cuidadosamente a botellas de vidrio, generalmente transparentes para los blancos, de manera que se pueda apreciar su color y claridad. Antes del llenado, se realizan controles de temperatura, filtrado final y, en algunos casos, microoxigenación, para garantizar que el vino mantenga su aroma y sabor intactos hasta que llegue al consumidor.

Luego del embotellado, las botellas se cierran con corcho natural, tapa roscada o corcho sintético, dependiendo del estilo del vino y del mercado al que se dirige. Esta etapa también incluye etiquetado y almacenamiento temporal bajo condiciones controladas de temperatura y luz, para preservar la calidad del vino hasta su salida al mercado.

El objetivo final del embotellado es que, al abrir la botella, el consumidor pueda disfrutar plenamente de los aromas, sabores y color que el enólogo buscó desarrollar durante todo el proceso.

Hasta aquí un resumen de lo que implica la elaboración de los vinos blancos.

Esperamos te haya gustado la entrada.
Cualquier duda que tengas podés preguntarnos.


Para nosotros es un placer comunicar todo lo que tenga que ver con el ámbito enogastronómico.

«Me gusta la gente que con su energía, contagia»


Mario Benedetti

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Riedel: cuando una copa transforma la experiencia del vino


Hay elementos que son historia, oficio y cultura. En el mundo del vino, las copas Riedel pertenecen a esa categoría: piezas que no buscan brillar por exceso, sino por precisión. Porque en Riedel, el vidrio no es un accesorio, es parte del vino.

Hablar de Riedel es hablar de cómo bebemos, cómo percibimos aromas y sabores, y cómo una experiencia puede cambiar simplemente por la forma de una copa.


Una historia que comienza en 1756

La historia de Riedel se remonta a 1756, en la región de Bohemia —actual República Checa—, una zona con profunda tradición en la producción de cristal. Desde entonces, la empresa se ha mantenido en manos de la misma familia, atravesando generaciones, cambios de territorios y transformaciones en el mundo del vino.

Hoy, Riedel es dirigida por la 11ª generación, un dato que no es menor: detrás de cada copa hay siglos de conocimiento transmitido, adaptado y perfeccionado.

En la actualidad, Riedel está liderada por Maximilian J. Riedel, CEO y representante de la 11ª generación de la familia. Su trabajo continúa el legado iniciado siglos atrás, tendiendo un puente entre tradición y contemporaneidad, y reafirmando una idea que atraviesa toda la historia de la marca: la copa debe estar siempre al servicio del vino y de la experiencia de quien lo disfruta.

El nacimiento de las copas varietales

Uno de los grandes aportes de Riedel al mundo del vino fue revolucionar la forma de beberlo.
En la década del 50, Claus J. Riedel introdujo un concepto que cambiaría para siempre la degustación: la copa diseñada según la variedad de uva.

No se trataba solo de estética, sino de funcionalidad. Tamaño, forma, apertura y altura comenzaron a pensarse en función de cómo el vino entra en la boca, dónde impacta primero y cómo se expresan sus aromas. Desde entonces, quedó claro que la copa también comunica.

Dónde se produce Riedel hoy

Aunque sus raíces están en Bohemia, actualmente Riedel produce sus copas principalmente en Austria y Alemania, manteniendo una fuerte conexión con la tradición europea del cristal, combinada con tecnología moderna y precisión industrial.

El resultado es un equilibrio entre artesanía e innovación, donde cada línea responde a un propósito concreto.

La familia Riedel: tradición, visión y continuidad

Riedel no es solo una marca, es una familia con identidad. A lo largo de los años, cada generación ha aportado su mirada, manteniendo una filosofía clara: el diseño debe estar al servicio del vino.

Esta coherencia explica por qué Riedel sigue siendo referencia mundial tanto en restaurantes, bodegas y catas profesionales como en mesas hogareñas.

El Museo Riedel: una experiencia para amantes del vino y el diseño

En Kufstein, Tirol (Austria), Riedel cuenta con su propio museo, ubicado dentro de la fábrica. Allí se puede recorrer la historia del cristal, ver piezas antiguas, moldes originales y comprender cómo evoluciona el diseño de una copa.

Es una experiencia que conecta vino, diseño y territorio, y que dialoga de manera natural con el concepto de enoturismo, donde la vivencia va mucho más allá del producto.

La experiencia en la copa

En clases, catas y encuentros, comprobar cómo cambia un vino al cambiar la copa sigue siendo uno de los momentos más reveladores. No es magia, es física, forma y sensibilidad.

Riedel nos recuerda algo esencial: el vino no se trata solo de lo que se bebe, sino de cómo se lo vive. Y a veces, una copa es suficiente para abrir un nuevo mundo de aromas, texturas y emociones.

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