En el corazón del Valle Calchaquí, en la provincia de Salta, el paisaje, las montañas, los cielos diáfanos y la aridez caracterizan un territorio donde la agricultura debe adaptarse a condiciones particulares.
Allí, entre los 2.400 y los 2.800 metros sobre el nivel del mar, la vid encontró un lugar para crecer y, poco a poco, comenzó a construir una nueva historia.
Cuando pensamos en los vinos salteños, Cafayate suele ser la primera referencia. Sin embargo, hacia el norte del Valle Calchaquí existe una vitivinicultura de menor escala y con una personalidad propia, que en las últimas décadas fue ganando presencia. Son proyectos de distintas dimensiones, impulsados por familias, productores y emprendedores que encontraron en estas montañas una oportunidad para elaborar vinos capaces de expresar las características de un paisaje singular.
La intensa radiación solar, los cielos despejados, las noches frescas y la marcada amplitud térmica acompañan el desarrollo de las plantas. El agua, escasa forma parte de esta historia: vertientes, ríos y deshielos permiten sostener los cultivos en un ambiente donde cada recurso adquiere una importancia particular.
En esta zona existen parcelas situadas remotas, sobre todo hay personas que decidieron apostar por hacer vino en un lugar donde la montaña parece marcar sus propias reglas.
Una historia que viene de lejos
La historia de la vid en Salta se remonta al siglo XVI. El conquistador y colonizador don Francisco de Aguirre, fundador de Santiago del Estero, envió desde Chile los primeros sarmientos y cepas, por intermedio del padre Juan Cedrón. A partir de entonces, el cultivo comenzó a extenderse por distintos puntos del territorio y llegó al Valle Calchaquí.
En este proceso, los jesuitas tuvieron un papel importante. Durante los períodos en que el valle permaneció pacificado llevaron y plantaron vides en sus misiones, entre ellas San Carlos de Borromeo. Allí instalaron además una bodega destinada a elaborar vino para la celebración de la misa.
La historia obviamente, no fue lineal. Las rebeliones de los pueblos calchaquíes interrumpieron en distintos momentos el desarrollo de estos cultivos. Una vez pacificado el valle, los viñedos volvieron a plantarse y la actividad comenzó a quedar en manos de particulares. Para entonces, la vid ya formaba parte de la agricultura de esta región.
En Cachi aparece entonces un nombre fundamental: Julián de Lea y Plaza. Durante el siglo XVIII, este hacendado y productor vitivinícola experimentaba con las cepas que ya existían en los Valles y sumaba otras variedades que había traído de sus viajes al Alto Perú y Chile. En su propiedad de San José de Caracha, en Cachi, hizo construir una bodega donde elaboraba vinos y aguardientes destinados al consumo familiar.
Más tarde, cuando trasladó parte de su actividad a Molinos, llevó consigo plantas de vid y construyó allí otra bodega. Sus hijos heredaron las propiedades y a tradición vitivinícola, transmitiendo conocimientos sobre el cultivo y la elaboración del vino a las siguientes generaciones.
La actividad fue creciendo lentamente. Ya no se trataba solamente de producir vino para el consumo de las familias: décadas más tarde, los vinos del Valle comenzaron a despertar interés comercial. Y en ese proceso apareció otra figura clave, Wenceslao Plaza, nieto de Julián de Lea y Plaza.
En 1886, Wenceslao Plaza introdujo desde Chile vides francesas, entre ellas el Malbec, dando impulso a una nueva etapa de la vitivinicultura. La incorporación de estas variedades modificó las características de los viñedos y contribuyó a transformar una actividad que hasta entonces había tenido, en buena medida, una escala familiar y regional.
Y los registros de comienzos del siglo XX permiten dimensionar mejor esa presencia: en 1908, Cachi contaba con 40,5 hectáreas de viñedos, mientras que Molinos tenía 140 y San Carlos otras 140. Cafayate, que con el tiempo se convertiría en el gran nombre de la vitivinicultura salteña, ya era entonces la principal zona productora, con 583 hectáreas.
Mucho antes de que habláramos de vinos de altura, de Malbec de montaña o de vitivinicultura de autor, la vid ya formaba parte del paisaje agrícola de Cachi.
Un médico noruego en Cachi
En 1949 llegó a Cachi un hombre que terminaría convirtiéndose en una figura muy querida en la comunidad. Se llamaba Arne Hoygaard, era médico noruego y llegó a la Argentina para trabajar como médico rural. Un año después se instaló definitivamente en Cachi, donde ejerció su profesión durante décadas.
Hoygaard desarrolló una estrecha relación con la tierra. Después de jubilarse se dedicó a la agricultura y cultivó distintos productos, entre ellos la vid. Tenía una pequeña plantación con la que elaboraba su propio vino, continuando así una tradición que ya tenía profundas raíces en el valle.
La finca donde vivió y cultivó sus vides forma parte hoy de la historia de Bodega Isasmendi. La propiedad fue adquirida posteriormente por esta familia, que recuperó el lugar y desarrolló allí su proyecto vitivinícola.
La historia de Hoygaard resulta interesante porque muestra que, todavía a mediados del siglo XX, la vid seguía formando parte de la vida agrícola de Cachi, mucho antes de que los vinos de altura se convirtieran en el gran atractivo que son hoy.
Una finca que vuelve a hacer vino
En 2004, Ricardo Isasmendi y Sylvie Bonnal adquirieron una propiedad de unas tres hectáreas en Cachi, donde se encontraba una antigua casa-bodega vinculada a la historia del doctor Hoygaard. Un año después fundaron bodega Isasmendi, recuperando aquel espacio para la producción vitivinícola.
Los viñedos se encuentran alrededor de los 2.500 metros sobre el nivel del mar, al pie del Nevado de Cachi, en un entorno marcado por la altura, la amplitud térmica, la radiación solar y el agua de vertientes.
La recuperación de esta finca coincidió con una nueva etapa para la vitivinicultura de Cachi. Otros productores comenzaron también a mirar hacia estas montañas y a explorar las posibilidades de una viticultura de altura.
Un nuevo impulso para Cachi
Con el cambio de siglo, nuevos productores comenzaron a apostar por Cachi. Entre ellos estuvo José “Payo” Durán, quien plantó Malbec y Merlot en su finca y se convirtió en uno de los pioneros de la vitivinicultura contemporánea de la localidad.
Su proyecto formó parte de un nuevo impulso para la actividad: una generación de productores comenzaba a explorar qué podía ofrecer la vid cultivada en estas alturas.
Entre los proyectos que fueron surgiendo en esos años está miraluna, una iniciativa familiar que comenzó en 2004, cuando la familia Urtasun encontró un terreno a pocos kilómetros de Cachi. El proyecto nació inicialmente con la idea de construir cabañas y disfrutar del paisaje.
Tres años después plantaron su primer viñedo, con Malbec y uvas de mesa. Lo que comenzó casi como parte del paisaje alrededor de las cabañas terminó convirtiéndose en una bodega y en un nuevo proyecto vitivinícola.
A unos 2.600 metros de altura, Miraluna fue creciendo junto con otros emprendimientos que empezaban a demostrar que Cachi podía construir una identidad propia alrededor de los vinos de extrema altura.
La vitivinicultura de Cachi todavía está escribiendo su historia. Detrás de cada viñedo hay familias, productores y emprendedores que encontraron en estas montañas una oportunidad para hacer vinos con identidad propia.
Porque la altura puede ser el rasgo que primero sorprende, pero son las personas quienes terminan dándole identidad a este territorio.
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